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Mi último personaje es “Emma”, para “Lily”. Se me ocurrió que fuera una bruja moderna para darle algo distinto al tema. Los guionistas se encargaron de desarrollar la idea y esperamos y deseamos siga bien acogida entre las lectoras españolas.

Naturalmente, en Lleida no había mucho donde escoger si quería encontrar mi camino. Sólo el tren. Lo que me costó convencer a mi familia para que me permitiesen la aventura de salir de casa merecería un par de tomos aparte.

TRAYECTORIA PROFESIONAL

Trabajos por país

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Esbozo autobiográfico (1983)

Nací en Lleida en plena guerra civil y, aunque ahora no lo recuerdo, estoy segura que nada más asomarme pensé aquello de “si lo sé, no vengo”. Si traía el lápiz en la mano, como dicen que suelen nacer los dibujantes, probablemente el mío se perdió en medio de aquel follón, porque mi madre no recuerda habérmelo visto puesto hasta los 3 o 4 años, en que ya empecé a llenar de rayas el reverso del recibo de la luz, hojas de calendario, tarjeta de racionamiento, etc.

Mi padre era carpintero y su labor artesana me fascinaba. Mi madre se dedicaba a “sus labores” en una casa muy grande con 6 de familia y algunos parientes de paso. Cuando pensé en empezar a prestar mi ayuda en lo posible a la causa común, me decidí por echarle una mano a mi padre. Al salir del colegio iba al pequeño taller y allí me quedaba mientras él salía a hacer trabajos en obras y domicilios; así tomaba los encargos que pudiesen llegar en su ausencia y me entretenía dibujando con su lápiz plano de señalar, sobre los trozos de madera sobrantes.

Afortunadamente, tenía una tía abuela en Barcelona y gracias a su intervención se me permitió intentar el lanzamiento. Para mí, que no conocía ni el paisaje del otro lado de la estación, aquello fue algo parecido a lo que sentirían los primeros astronautas.

No puedo decir que mis comienzos fuesen demasiado difíciles. Por caminos que yo misma me busqué, conocí a personas maravillosas que me iniciaron en el cómic. Era una época (sobre los 60) en que estaban muy de moda los cuadernos de hadas y había bastante trabajo. Con las muestras que hice conseguí ya un encargo en una pequeña editorial y aquello fue la primera piedrecita para lograr mi sueño de quedarme en Barcelona y dedicarme a dibujar.   Más adelante, y sólo por probar, intenté publicidad. No es que me fuese mal, pero me di cuenta que ni yo la entendía a ella ni ella me entendía a mí.

Me gustaba el cómic y ya seguí con él. Fueron varias las colecciones infantiles y juveniles en las que colaboré (no recuerdo ya todos los nombres; algunas fueron “Piluchi”, “Mercedes”, “Mª Luz”, “17 años”, etc.) hasta que entré en Bruguera, dibujando alguna “Celia” y varios “Sissi” en todas sus derivaciones.

Pero enseguida llegaron los primeros encargos para Inglaterra y Escocia, y siguieron ininterrumpidamente durante casi 20 años. Son muchísimos los personajes y títulos, pero especialmente en la ya desaparecida revista “Jurtz” hice muchas, muchas series. Me dejó recuerdo la de “Oh, Tinker!” cuya protagonista era una pequeña hada.

Y es que a pesar de haber dibujado mucho sobre romántico y colegialas, el estilo infantil es el que más siento y creo es lo que mejor consigo.

Precisamente de tema infantil sigo haciendo, desde hace 20 años, una página semanal para la revista escocesa “Twinkle”, cuyos personajes son una niña y su corderito “Curly”. Por lo menos en esta serie tengo segura una gran “fan” que espera todas las semanas a que termine la página para que se la explique. Es mi hija de 5 años, mi crítica más dura o halagadora pero sincera, claro.

En un corto resumen es éste mi camino hasta ahora.

Con sus penas y sus alegrías como en todas las profesiones (supongo), pero lo más importante para mí es que me siento muy feliz por tener la suerte de poder empezar cada mañana – además de preparar con todo cariño los bocatas para mi familia – con la gran ilusión de ponerme ante mi mesa, para trabajar en lo que más me gusta.

A mi familia mi afición al dibujo les parecía tan inútil como bonita. Especialmente le agradaba a mi madre, que algunas veces entre sus múltiples trabajos caseros encontraba una pausa para ponerse a dibujar junto a mí. Recuerdo su estilo muy delicado y personal que aún conserva. Seguramente hubiese alcanzado gran perfección si no se la hubiesen tragado las ollas y demás enseres domésticos. Aquello empezó a crearme inquietud. Me di cuenta que por mi condición de mujer tenía que estar muy al quite si no quería que me cambiasen el lápiz por una escoba.